Cada otoño, cuando las tardes se ponían frías, mi abuelo preparaba siempre la misma sopa. Era una sopa de tomate sencilla. Estaba hecha casi de la nada. Pero sabía como un abrazo caliente.
Primero cortaba una cebolla y dos dientes de ajo. Los cocinaba despacio en una olla con un poco de aceite de oliva. Se quedaban blandos y dorados.
Después añadía una lata grande de tomate, una taza de caldo de verduras y una pizca de azúcar. Siempre decía: «Esto suaviza el ácido del tomate». Lo dejaba cocinar veinte minutos.
Cuando estaba lista, trituraba la sopa hasta que quedaba suave. Añadía sal y pimienta. A veces, al final, añadía una cucharada de nata. Eso la hacía más cremosa.
La servía con una rebanada de pan tostado. Siempre decía las mismas palabras: «La buena comida no necesita ser complicada. Solo necesita un poco de tiempo y atención».