Una aguadora vivía en un pueblo antiguo. Tenía dos cántaros grandes de barro. Los llevaba en un palo de madera sobre los hombros. Un cántaro era perfecto. El otro cántaro tenía una pequeña grieta. Cada día, un poco de agua caía por la grieta. En casa, el cántaro agrietado estaba solo medio lleno.
El cántaro perfecto estaba orgulloso de su trabajo. El cántaro agrietado estaba triste. Después de dos años, habló con la aguadora: «Lo siento. Pierdo agua cada día. Tú trabajas mucho, y yo te doy solo la mitad».
La aguadora sonrió. «Hoy, en el camino a casa, mira el camino», dijo. «Mira solo tu lado».
El cántaro agrietado miró. En su lado del camino había flores — rojas, amarillas y azules. En el otro lado había solo tierra seca.
«Conozco tu grieta desde hace mucho tiempo», dijo la aguadora. «Por eso planté semillas de flores en tu lado del camino. Cada día, tú las regaste para mí. Desde hace dos años, estas flores hacen sonreír a todo el pueblo. Lo que tú llamas un problema hacía, en silencio, algo hermoso».